DE NOCHE, JUSTO ANTES DE LOS BOSQUES: UN MONÓLOGO, UN COMPAÑERO, Y UNA HABITACIÓN DE HOTEL

INTRODUCCIÓN

Un monólogo. “De noche justo antes de los bosques” es solo monólogo, en él no aparece ni una sola intervención de un personaje que no sea el protagonista. Lo extraño aquí, es que el protagonista no se encuentra físicamente solo, es más, no se trata de un monólogo interior, sino de un sermón a un completo desconocido que permanece en silencio sepulcral durante todo el relato. En nuestro entorno, en la vida real, el monólogo es para los locos, transmite soledad, incomprensión, a veces, resulta antinatural. La intención de Koltès es la de abrirnos los ojos, la de ver al loco que habla consigo mismo de otra perspectiva y empatizar con él, compartiendo su desarraigo e incomprensión personal.

*En el siguiente comentario se usa un formato narrativo para ilustrar de forma más explícita las ideas que el texto deja entrever, respetando, tanto el tema principal, como el entorno en el que éste se desenvuelve.

COMENTARIO: EL DESARRAIGO Y LA INCOMRENSIÓN EN LA OBRA

Aquel día, la calle estaba de gente, gente con la que charlar, gente con la que tomar algo, gente con la que debatir, o gente con la que quejarse del duro trabajo en la fábrica. El caso es que pararse con una de esas miles de caras que uno ve por la calle no merece la pena. Todos ellos hablan siempre de lo mismo, de cosas superficiales, demuestran un apego descomunal por el suelo que pisan y por las reglas que lo rigen. Es, entonces, cuando te das cuenta de que ya no quieres hablar del trabajo ni quieres hablar de política. Lo que quieres hoy, es hacer algo diferente, hablar de algo diferente, o, simplemente, pensar diferente. En ese momento, se produce la emancipación del individuo contra lo social, el aislamiento voluntario de alguien que está cansado de ver todo gris.

El caso es, que a pesar de lo anteriormente dicho, no hay ningún lugar en el que te quedas solo por completo, simplemente vas dando tumbos, buscando un lugar no contaminado en el que descansar, evitando los espejos de las ciudades. Y es que la urbe, nos agarra del tobillo cuando nos encontramos en pleno salto, nos señala cuando hacemos un movimiento poco común, cuando hablamos para nosotros mismos y para nadie más. A la gente le da miedo la cantidad de espejos que hay, porque reflejan nuestra figura, simplemente eso, nuestra figura, nuestro ente como unidad aislada, susceptible de ser perseguida por alejarse de lo social, y, por eso, se ven feos y débiles bajo la lluvia de la calle. El único refugio posible en el que intentar descansar es una habitación de hotel, una estancia en la que no existe lo familiar, una cueva unipersonal. Pero ni en la habitación de hotel uno puede quedarse tranquilo del todo, sigue oyéndose el bullicio de los indeseables de ahí afuera.

Es, en este mismo instante, cuando tu visión empieza a cambiar. Ahora ves a esos individuos que te rodean como simples peones de un juego ridículo, que solo se preocupan por trabajar, extender la mano para recibir su mísero salario, y volver a extenderla para gastárselo. Necesitas a alguien con el que hablar de lo que realmente te inquieta, de ideas que están por encima de todo eso. Te pones a buscar a ese alguien porque estás cansado de hacer como que esos temas banales te importan, harto de tanta simpleza, y harto de fingir. Así que sales corriendo en la búsqueda del compañero perfecto, algunos te miran mal por el simple hecho de que no es normal ir corriendo hacia el encuentro de un desconocido, otros directamente te persiguen porque consideran que lo que estás haciendo es susceptible de ser castigado. Tienen tanto miedo a lo que hay por encima de su mundo, y les resulta tan antinatural todo lo que allí tiene lugar, que no dudan en disparar al cielo ni un segundo, no dudan en perseguirte.

Llega el encuentro con el compañero al que estabas buscando, por fin alguien que parece ser de tu bando, esa ínfima minoría. Le explicas todo, el porqué de la búsqueda y de tu incomprensión. Es durante ese momento, y solo durante ese momento, cuándo sientes algo de felicidad, algo de relleno en tu vacío existencial. Mientras hablas, él permanece imperturbable y en silencio, a diferencia del resto de personas con las que has hablado antes. Sin embargo, cuando él abra la boca, y el sonido de su respiración deje paso a las palabras, lo más seguro es que sus palabras sean tan vacías como las del resto, tan insignificantes que la lluvia no dejará ni rastro de ellas al día siguiente. Finalmente, puede que te des cuenta de que ese cara a cara, que tanto has buscado, solo ha sido enriquecedor cuándo tú dirigías los hilos del diálogo, y que la conversación bidireccional que tanto buscabas, era, en el fondo, un monólogo.

La conclusión es la siguiente: El individuo, en su estado de incomprensión y desarraigo, no necesita de grandes o pequeñas declaraciones, ni de un discurso de cómo llevar su vida hacia caminos menos pedregosos, lo único que necesita es el monólogo. Si te importa la opinión pública, guárdate de pensar en voz alta, o, si lo haces, corre en busca de un compañero como excusa para tu pronunciamiento, en caso contrario puede que te tachen de loco.  Sobre todo, ten en cuenta una cosa, en el fondo, a pesar de la multitud y de las figuras que se pasean con indiferencia, las calles están vacías, por eso, la única respuesta que recibirás a tu grito de socorro será la del propio eco. Mantén vivo tu absurdo monólogo, mantén esa posición privilegiada en la conversación, y enriquécete de ti mismo, en tu aislamiento. En estas calles grises, muchas veces el único que te comprende eres tú mismo.

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