La casa de la fuerza: Forzudos y sufridoras

Mostrar el lado más oscuro del amor, ese lado generado por un sistema que configura identidades chocantes entre hombre y mujer, ese es el objetivo de “La casa de la fuerza”. Una hostia en la cara del hombre al  que has amado no es solo un golpe físico, es un golpe de realidad. Da igual tu entrega a él, y dan igual las horas en silencio y absoluta soledad con las que fuiste correspondida, tu calvario resulta insignificante si le dejas, así que se atreve a decir que te lo mereces. Eso es lo que el sistema patriarcal ha gestado, forzudos y sufridoras, forzudos y sufridoras compartiendo relaciones nocivas.

Lejos quedan los “AMAR” en mayúsculas que aparecen al principio de la obra, porque el AMOR es una relación entre iguales. Las protagonistas han entregado su individualidad, su existencia como ente completo. En este falso amor ellas se fragmentan, se exhiben como en una webcam, exhiben ese miedo a la soledad, en busca de la menor muestra de afecto. A final esta entrega, casi religiosa, pasa tan desapercibida para la realidad masculina, que la respuesta no es otra que la mirada fría y de superioridad de un forzudo impasible, que lo ve todo desde un gran plano cenital, en el que las débiles apenas ocupan un espacio perceptible dentro del cuadro.

Las palabras que se ponen en boca de ellos lo dicen todo, la indiferencia y serenidad, el predominio del “yo”, el uso de un vocabulario despectivo. En el otro extremo tenemos el discurso femenino, plagado de exclamaciones, cargado de sentimientos, y en el que predomina el pronombre “él”. Con este uso del lenguaje, la autora consolida el discurso de un sentimiento unilateral, que enmascara la más triste soledad, porque da igual lo cerca que esté él, ella siempre estará sola.

Toda una sociedad quebrada por un sistema, dos géneros que toman el papel de ego y alter ego mediante la inculcación de unas ideas desde el día cero. Al hombre se le enseña a ser de hierro, los chicos no pueden llorar por cualquier tontería. Lees el periódico y observas las grandes desdichas, el sufrimiento a gran escala, eso es triste, lo que le pasa a la chica que tienes al lado resulta insignificante. Y es que ella no tiene cicatrices, ella no ocupa titulares, no hay rastro de dolor físico, y el mundo, con todos sus problemas, se le hace enorme a alguien así. La mirada del hombre en el sistema patriarcal está construida en pro de  lo superfluo, de lo físico. Como bien afirma la obra, el hombre ve en el dolor espiritual cierta voluntariedad, por lo que el dolor físico es el único dolor racional.

La mujer, sin embargo, se educa en la dependencia, en el afecto. Lo que se trata de inculcar es la idea de que ella no existe sin él, infundiendo el eterno miedo, al miedo a la soledad, cuándo la más triste soledad es la de estar acompañado por nadie. ¿De qué sirve rodearte de gente si la masa te maltrata? ¿De qué sirve amar si vas a acabar igual de solo?

Así, a los hombres se les forja en los grandes acontecimientos de los medios, (los corazones rotos nunca han sido grandes acontecimientos fuera de la ficción), mientras la mujer escucha canciones pop que narran las mil y una formas en que la cantante se entrega a un tío que no daría un duro por ella, pero ella abrazaría al mismísimo diablo por un gesto de atención, una mísera y estúpida muestra de feedback. El pop español nunca ha sido demasiado profundo, pero está claro que las letras de La Oreja de Van Gogh lo llevan a un nivel ridículo con sus odas a la sumisión de la mujer. Ella quejándose del tiempo y él ni siquiera se fija en la puesta de sol, está demasiado ocupado mirándose los oblicuos en el espejo.

La metáfora más efectiva en la obra es, sin duda, la que liga al hombre con Dios. Un símil construido desde el Génesis, y que otorga al hombre la posición de empoderamiento. La identidad de la mujer comienza a escribirse, también, en las primeras páginas del libro sacro. Lo que comenzó a configurarse con la irracionalidad de Eva, termina con la total entrega de la Virgen María a su Señor. Vosotras nos cohibisteis del paraíso con vuestros impulsos, y el buen Dios nos redimió. Vosotras fuisteis elegidas para ser madres de Dios, y el buen Dios nos redimió.  Eva y María, castigadora y sierva, eterna deudora y dogma de pureza divina, ambas son la consolidación de una mujer sumisa sin opción  descarrilarse. Mientras él se mantiene en lo más alto del mapa celestial, ella se encuentra de rodillas, con ojos vidriosos y lágrimas sin pecado, con las manos juntas y mirando hacia arriba.

Como todo problema social, la solución llega al violar el rito. Se trata de derrumbar el sistema, tirar abajo eso falsos muros que separan ambos géneros, esos muros que desde lejos parecen inquebrantables pero que, a medida que te vas acercando, comienzan a oler a plástico barato. Cometer incesto con tus hijos, como propone una de las protagonistas, significaría introducirles en el rito del sexo desde una postura de clara inferioridad, incubarles bajo los preceptos de una debilidad que se aleja del guion prescrito. La propuesta es descabellada, sin duda, pero el fin nos acercaría a una sociedad más igualitaria. Más igualitaria, sí, pero… ¿Mejor? No puedo borrar de mi cabeza la frase de la obra “Ojalá sobrevivan los débiles porque si sobreviven los fuertes estamos perdidos”. La supervivencia de los débiles supondría la perpetuación de una de las identidades de un sistema opresor. La verdadera igualdad llegará, únicamente, con la fusión y confusión de ambas realidades, entonces tendremos un mundo sin fuertes ni débiles, sin forzudos ni sufridoras.

 

 

 

 

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