El amor de Fedra: Sexualidad alienada

Que el sexo mueve el mundo es un secreto a voces, un asunto prácticamente tácito.  Los puritanos llevan años rezagados ante un discurso revelador que cambia los esquemas sociales que se habían establecido, así como la mentalidad individual de cada peón. La base de este discurso, la idea que hace que el mundo gire en dirección contraria a la de antes, es el pensamiento de que para muchos el sexo es algo completamente vacío. Tras esta breve introducción, quizás un poco dramática, explico y razono lo anteriormente dicho con la intención de moderar el impacto de lo afirmado.

Una muestra de amor verdadero, el acto que hace que la pureza se esfume, la total entrega recíproca de dos cuerpos que se unen formando un ente nuevo… Se han dicho muchas cosas sobre el sexo, pero el asunto es que los monos joden por ahí con y cómo les da la gana. El sexo es una de las cosas más primitivas que el ser humano sigue haciendo de la misma forma que sus antepasados peludos, innegablemente con más técnica y conocimiento, pero con la misma doctrina básica. Es aquí cuando viene la cuestión reflexiva que da sentido a las líneas que llevo escritas y que por ahora parecen obviedades supinas ¿Por qué el hombre iba a dar sentidos pomposos a un acto tan primitivo como el sexual? Lo achaco a una razón colectiva y a otra individual.

Darwin y la religión no se han llevado nunca demasiado bien. Lo que antes era una lucha sin cuartel, ahora suele ser una relación amor / odio en la que la religión ha cedido terreno y ha reinterpretado algunos de los escritos de su génesis. Dios creó el mundo, Dios hizo a los animales, Dios hizo a los hombres, y puso al mundo y a los animales al servicio de los hombres. Siguiendo esta premisa se establece una barrera entre el hombre, un ser con alma y superior, y lo primitivo, lo mundano, que se relaciona con lo impuro. Así se ha gestado una jerarquía, legitimada con el paso de los años, en la que lo que a priori resultaba natural, ahora se desvía de Dios, ergo establece la senda del camino a no seguir. Se le pide al hombre que vuele, de lo mundano a lo espiritual. Se le pide al hombre que se aleje de lo profano y que mire hacia arriba en busca de la idea de “perfección”. Se le pide al hombre que vuele pero no se le otorgan alas. Sin alas y salidos, es parte de nuestra naturaleza humana.

“No puedo pecar contra un Dios en el que no creo”

Dios es rey celestial, Hipólito es rey terrenal. Dos figuras contrarias, pero, al fin y al cabo, derivadas. La monarquía es la consumación de un poder que se forja bajo la idea de un ser de naturaleza superior. El rey es señalado por un índice divino, iluminado por el altísimo para guiar al pueblo hacia el sendero correcto, por lo tanto, si no hay Dios la monarquía carece de sentido.

El ejercicio de jerarquización es el mismo, solo que a niveles mayores de obviedad. Dios eligió al hombre para gobernar la tierra, y al rey para gobernar al hombre. Si el plebeyo tiene que ser ejemplo de buen comportamiento, y ha de cohibirse de toda tentación de pecado carnal, que menos que el monarca siga los preceptos divinos de pureza y abstinencia coital. El pueblo espera un arcángel sin sexualidad, no espera a un hombre, no espera a un igual, espera al elegido. Pero el rey pone la misma cara que un campesino al correrse, y eso demuestra que viene de donde todos venimos y acabará donde todos acabamos.

Por eso me fascina la forma en que la obra ridiculiza la monarquía. Hoy en día solo escuchas discursos, discursos de pretenciosos en palestras o discursos pegados con celofán en el tablón del campus. Al final los discursos solo sirven para convencer al convencido. Sin embargo, mete a un futuro monarca en un cubículo oscuro, haz que se masturbe con un calcetín sucio, pon en su boca palabras propias de cualquier camello de Getafe, sitúale en la actualidad, mostrando un total contraste entre su figura y el contexto temporal en el que vive, y, como colofón déjale desfigurado, pasto de los buitres, entonces caerá el mito. Al ir desenmascarando a los falsos fantasmas, al elegido con corona, a la supuesta pureza espiritual, nos encontramos con hombres reprimidos.

Superado este apunte que se desvía ligeramente del tema principal de este escrito, pasemos a la causa individual de la poetización del sexo, el enamoramiento. El caso es que acto sexual sí suele estar ligado con el amor. El problema llega cuando se crea un falso romanticismo para dotar de un sentido innecesario al simple acto sexual. Y digo simple acto sexual porque algunas veces de la impresión de que el acto sexual transciende lo físico, debido a la naturaleza onírica del enamoramiento.

El amor nos lleva al ensueño, pero, como bien dice el texto: “Cuando el amor se acaba suena el despertador”. El molesto ring matutino, el pitido final de un partido, la pantalla en negro después del “The End”, todo ello son golpes de realidad. En algunos casos, los individuos provocan una falsa ensoñación, crean relaciones de amor falso basadas en el sexo, simplemente para dar sentido a su vida, dotarla de algo más profundo y espiritual, pura novocaína. Sin embargo, aún con riesgo de caer en la polémica, considero que aquel que se ha enamorado de Lena no vuelve a sentir la ilusión un gozo que vaya más allá de lo superficial, de lo físico. Escribo Lena porque es la figura equivalente en el texto, y no quería escribir términos como media naranja o alma gemela, ya que siento cierto rechazo hacia ellos.

Lena, una vez mencionada en el texto, una sola vez, única, irrepetible. Puede que todo el mundo te desee, puede que cada día te levantes con una persona, y puede que no pases más de un día sin saciar tu apetito sexual, pero al final es eso, sexo vacío, en forma de entretenimiento. Porque Fedras hay en todos lados, Fedra está en el título, y Fedra está en boca de todos, pero a Lena no la encuentras fácilmente. Y si se da el caso en el que Lena te abandona y tú te despiertas, puedes darte por jodido. El sueño ha acabado y empieza el lavado de cara. Te miras al espejo y te ves a ti, tal y como eres. Miras a la ventana y ves el mundo, tal y como es. Miras por encima del hombro, como Hipólito, y ves todo tal y como es, vacío. Si se nos mostrase la vida de un personaje de película después del colofón dramático de la clausura narrativa nos encontraríamos con un tipo que sabe que ya ha vivido los mejores momentos de su vida. Para ese figurado pelele lo espiritual se ha acabado, vive en una mala secuela. Ahora simplemente espera, y el tiempo pasa más rápido cuando echa un par de polvos, pero no son polvos de película, son polvos reales.

“Hay quienes disfrutan con el sexo. Tienen una vida”

Y esta es la causa personal que hace que dotemos de un significado al sexo que seguramente no tenga. Revestir paredes carnales con algodón de azúcar, autocomplacernos pensando que poseemos un vínculo de naturaleza superior cuando estamos frente a lo más natural y primigenio de nuestro planeta. Así, el sexo ha alienado a la sociedad y la sociedad ha alienado al sexo. Sin embargo, los dos ideales citados anteriormente mediante los cuales el ser humano ha mitificado el sexo poco a poco están cayendo. Se están derrumbando por una sociedad con múltiples valores y sexualidades. Esto deriva en la desaparición de límites. Ya no hay trazos que guíen la sexualidad del individuo, ahora solo hay formas nítidas con variedad de colores que cuestionan todo lo prescrito.

Una vez destruidos los preceptos sexuales de los que hemos sido herederos, nuestra generación se hace también heredera de una labor, la de cargar con la presión que antes soportaban esos pilares inamovibles. ¿Cómo enfrentarse a la realidad y no caer en una profunda depresión? Riéndose de ella. Es el llamado humor cringe, la carcajada con lo miserable, el nuevo intento de evasión, ridiculizar la condición humana, y hacer de ella un espectáculo para el pueblo, como se hace al final de la obra. Ahora hasta el chico tímido y virgen del grupo puede hablar de sexo sin cortarse, porque internet y los nuevos ideales han bajado al sexo del altar y lo han puesto en la diana de la comedia.

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