Descripción de un sueño

Anoche, los sueños no me dejaron dormir. Recuerdo soñar que estábamos tú y yo, a orillas del litoral. Estábamos tú, yo, y ese tío que me encontré al fondo de la barra del bar. Creo que era intérprete. Sí, recuerdo que era intérprete y que mediaba entre nosotros dos. Como si tú y yo no hablásemos la misma lengua. Se situaba entre nosotros, y no estoy seguro de que su traducción fuese del todo fiable, porque no respondías a mis enunciados como yo esperaba. No sé si una de mis frases, o quizás una de sus interpretaciones, te importunó, pero frunciste el ceño. Frunciste el ceño y te alejaste un poco, lo suficiente para que el mar cubriera tus tobillos mientras los míos permanecían secos. No me escuchas cuando te hablo de mis sueños ¿Verdad?

Estaba en ese ático. Otra vez, en ese ático desde el que se ve la ciudad tan pequeña. Desde el que se ve todo y, a la vez, no te deja ver nada. Recuerdo observar una manifestación en la calle mayor. El desfile presentaba una estética prodigiosa. La multitud no coordinaba su paso a una, sino que se desplegaba de forma bidireccional. Desde el centro se iban sumando nuevos acólitos que se incorporaban al bando de la izquierda y al de la derecha, de forma muy ordenada. La primera fila de cada extremo llevaba una pancarta que se extendía desde el primero hasta el último de la hilera. Me extrañaron aquellas pancartas. No había nada escrito. Me extrañaron aquellas pancartas porque estaban en blanco. ¿Te estoy aburriendo contándote mis sueños?

Y fui a aquel museo al que tanto nos gustaba ir antes de que la rutina nos atrapase. En el sueño iba solo. Normalmente tú me ayudas a interpretar los cuadros, pero iba solo. Resultaba frustrante. Cada cuadro que veía me resultaba enigmático. Era incapaz de traspasar las claves visuales que se alzaban ante mí. Era tan provocador y tan injusto que quería quemar cada una de las piezas. No sé si me paró alguien o mi propio despertar, pero no llegué a desahogarme. ¿Tú no sueñas? Pareces siempre apegada a la vigilia, al suelo, a lo real.

Corría por aquel lugar exótico. Corría sobre las hojas de palmera que habían caído recientemente. Me perseguían y no tenía del todo claro por qué. Supongo que me confundían con otro hombre porque gritaban un nombre que no era el mío, un nombre anglosajón creo recordar. A base de correr llegué de nuevo al litoral, pero allí ya no estabas tú. Había dos lápidas. Dos lápidas que deberían llevar allí un par de décadas por las fechas inscritas, pero que decidieron aparecerse en ese momento. Leí los nombres de cada una y no me sorprendieron en absoluto. En el fondo, sus fantasmas me han perseguido todo este tiempo. Me han perseguido en la realidad, y me han perseguido en mis sueños. Entiendo que no me escuches cuando te hablo de mis sueños. Siempre se te ha dado bien interpretar cuadros, pero no sueños. Debe resultarte aburrido, molesto.

NOTA: Los sueños suponen una representación de un pasado que, muchas veces, resulta irreconocible incluso para el propio individuo. A menudo se toman a la ligera, nos resultan graciosos, tristes, escalofriantes… Pero en el fondo supone la confección de una realidad paralela basada en la memoria, en la historia del sujeto en cuestión. Cuando lo onírico se entremezcla con lo real, el mundo interno del individuo choca con su mundo externo, produciéndose una brecha social que de alguna forma lo aleja del entorno que le rodea. Es entonces cuando la incomprensión inunda al soñador (al que muchos preferirán catalogar como “loco”), que tiene que cargar con el yugo de un pasado que solo para él sigue siendo real, solo para él mantiene su importancia, solo para él no resulta banal.

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